Por la calle Ogino bajaban cada día cientos de niños con sus vestiditos de canesú o sus batitas de rayas. A alguna mente retorcida se le había ocurrido construir al final de la misma la escuela infantil. O tal vez fue que le pusieron el nombre a la calle.
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Coronando la cuesta, majestuosa, imponente, ominosa, se encontraba la Iglesia (o viceversa).



