Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de enero de 2014

80/ Vente pal pueblo, Pepe, o el apocalipsis moderno.

    
Ilustración de Carmen Tower. Plaza de pueblo.

    Un turista ya no se encuentra fácilmente. Un turista es un ser condenado a extinguirse. En la ciudad de Amina ya hace años que no se ven. En la insignificante Villa del Morral muy por el contrario, cuando llega uno, se le acoge con júbilo, se le lava en la fuente de la Plaza Mayor, se le proporciona descanso y se organiza una fiesta en su honor. Para ello es tradición sacrificar un vehículo. Resulta crucial hacer el peregrino a fuego lento si el vehículo no es diesel y sobre todo, enterrar bien todas sus pertenencias para que no dejen de venir.

martes, 26 de noviembre de 2013

79/ Hormigas



   Ada se balancea en la mecedora del comedor. Hace ganchillo. Abel le acerca el vaso de agua que le ha pedido al llegar.
    —¿Abel? Qué alegría.
    —Tome madre.
    —Cómo has crecido.
    —¿Cuándo salió papá?
    —¿Quién?
   Abel aprieta los dientes y cierra los ojos. Suspira y deja el vaso en la mesa junto a las madejas azules. Todo lo que hace es azul desde que supo que iba a ser abuela. «¿Pablo, como el abuelo?», dijo emocionada cuando María y Abel le dieron la noticia. De eso hace cuatro años ya. Ahora María lo ha dejado y él vuelve a vivir en casa de sus padres, en la habitación que pintaron de azul. De eso solo hace tres meses, tal vez cuatro.
Abel vuelve a la cocina. Comprueba fogones, abre y cierra armarios.
    —Al menos dejó la cena preparada antes de huir —dice.
Bajo el fregadero empuja productos de limpieza y compara niveles con marcas de rotulador. Unas hormigas salen de debajo de la lejía. Intenta aplastarlas pero se escapan más allá del abrillantador. Al girar se golpea en la ceja con la brida del sifón. La herida sangra. Vuelve al comedor.
    —Abel, ¿me traes un vaso de agua? —le dice Ada al verlo.
    —Está ahí, madre —señala—. Está ahí —repite sin mover los labios.
    —Oh, ¿te has vuelto a pelear con Luis? Deja que te cure.
   La madre se levanta y se acerca. Abel se gira y vuelve a la cocina. Se limpia la herida en el fregadero. Apoya las dos manos sobre el granito y en el vidrio de la ventana mira brevemente el leve reflejo de su rostro envejecido. Al lado, la figura de su madre enciende los fogones. Abel sacude la cabeza. Se gira y la aparta suavemente sin decir nada y cierra el gas. Ella coge un cuchillo y corta pan sobre la encimera.
   —Un bocadillo al menos. Te sentará bien. Necesitas comer para crecer.
   Abel le retira el cuchillo y la acompaña a la mecedora. Después vuelve a la cocina. Unas hormigas pequeñas y azules se acercan hacia las migas. Su madre habla sin parar desde el comedor. Él aplasta hormigas sobre el granito. Una, dos… diez. Ya no oye nada de lo que ella dice.
   —Cuando nazca Pablito le quedará bien este jersey, ¿verdad?.
  Abel no ve de dónde vienen las hormigas. Ya no puede con ellas. Hay demasiadas. Mientras aplasta hormigas, Abel ya solo piensa en aquello que le obligó a deshacerse del veneno, hace cuatro meses, tal vez cinco. Entonces se sienta en el suelo, se abraza las piernas y apoya la frente en las rodillas.


jueves, 16 de mayo de 2013

71/ Revolución




   Se representa en el escenario del mundo, otro acto (¿el último?) de la tragicomedia más larga jamás escrita e interpretada en el teatro de las marionetas. El desarrollo del estricto guión de la obra está controlado por un auditorio repleto de hombres que detentan todo el poder sobre los actores. Les suben o les bajan; les cambian de lugar o de escenario; les dan luz o les callan; los entierran o resucitan; todo según antojos, deseos, caprichos, intereses… justificados por voces inaudibles de seres supremos que nadie ve; por trapos de colores que se elevan sobre sus cabezas; por ideas que nadie comprende; por el bien de los mismos actores… 
   Un buen día, al contrario de lo que se podría esperar por el libreto establecido, sin mediación de guía, la marioneta se levanta, hace una reverencia majestuosa y solemne a su complacido público, alza un brazo, lanza el otro extendido adelante con el puño bien aferrado al vacío, deja caer como un estilete el uno sobre el otro, y como un resorte éste se plega en ángulo recto y eleva el dedo corazón en una erección mínima e instantánea que deja al respetable mudo de asombro. El títere sonríe, se dobla sobre sí mismo, una vez y otra, por la mitad, por un lado, por el otro, en perfectas simetrías y diagonales, hasta que al final se muestra como avión de papel que emprende el vuelo desde el centro del escenario ante la perplejidad e indignación del auditorio.


viernes, 3 de mayo de 2013

69/ Un fulgor silencioso






     Un fulgor metálico y dorado reverbera en el cielo de la ciudad. Un brillo viscoso que está por todas partes. Latón que envuelve la urbe, desde el cielo y el suelo. Los transeúntes llevan incrustado ese resplandor en la cara, en sus impermeables, en sus sobretodos y hasta en los paraguas desplegados. Se pega y cala en cada pequeño detalle de la plaza. El suelo pulido es un espejo lleno de cuerpos ambulantes que escupe ese reflejo amenazador, como un alma dormida, como un caminante muerto. No sabes si cae del cielo o brota de las entrañas de la tierra. Si han de venir por ti, desconoces si lo harán en naves en vuelo rasante o se abrirá el firme bajo tus pies para engullirte en un mordisco arenoso, seco.
    Cruzo despacio la plaza. Es una plaza enorme que a pesar de la lluvia, se encuentra repleta de gente. La plaza Catalunya de Barcelona en pleno centro de Londres. ¿Porqué hablan todos en francés? No sé. Sigo adelante y veo con curiosidad cómo cae la gente a mi alrededor. Van desplomándose, inanimadas, a un ritmo constante, secuencial; separados los cuerpos por el fulgor de unos cinco segundos. La primera, una joven con chubasquero rojo. Como roja es la sangre que sale, inmediatamente preñada de ese fulgor, del orificio dibujado en la sien… y cinco. Ahora un hombre de gabardina negra. No me sorprende la coreografía de los cuerpos cayendo. Tampoco que nadie corra. Me sorprende la ausencia de ruido. ¿Qué ruido cabría esperar ahí? ¿Qué otro ruido sino un estruendo seco que retumbe en el cielo áureo y que acompañe con un eco desolador y acompasado el desplome de los cuerpos? Y siguen cayendo. A mis pies cae un hombre que apaga su mirada en mi eco, en el resplandor que hay atrapado en mis gafas. Y ahí queda. Le sorteo con un grácil salto. No me giro; no corro; no grito. Nadie grita. Somos lo que somos, pienso. Gente civilizada, ¡por Dios! ¿Cuándo vendrán? ¿Por dónde vendrán? Miro al suelo esperando ver una grieta. ¡No se abre el suelo, no! Espero impaciente la boca devoradora mientras sigo caminando... y cinco otra vez. Eco sordo. Una madre con un bebé cae junto al coche de niño. El llanto del bebé sí lo oigo. Se pega al espeso resplandor y lo acompaña, como una letanía, igual que una saeta improvisada, un lamento de sirena. Miro ahora al cielo. Brilla. Es molesto el llanto de un niño. Muy molesto. ¡Por favor, que alguien dispare al bebé! Implorando con la mirada busco, ahora sí, al tirador que está sembrando la plaza de cuerpos, velando el espejo. Destapo al bebé dejándolo desamparado y pido a ese todopoderoso que esta vez apunte bien. ¿Estás ahí, en lo alto del edificio del banco central? ¿En la cubierta del centro comercial? Tal vez oculto tras el cartel giratorio del otro banco. ¡Sí, ahí debe de estar! Giro y oscilo el cochecito para ofrecerle el mejor blanco. Espero quieto, impasible… y cinco. Un abuelo que lee el periódico deja de leerlo… y cinco más. Un habitual cebador de palomas deja caer el alpiste sobre el que luego se derrumba. Las palomas le sacan los ojos en apenas cinco… Ahora un ciclista circula por inercia hasta chocar con el cuerpo del abuelo que hace que se desmorone el binomio bicicleta-ciclista sobre el frío espejo de la plaza… 
      La criatura ya lleva casi dos horas sin llorar, y yo llevo las mismas horas a su lado, fascinado por la pericia con la que sostiene el chupete entre sus labios desvaídos, mirándole como viéndome reflejado en un charco impregnado de un fulgor silencioso.






jueves, 18 de abril de 2013

68/ Fragmento de las memorias del inspector Clusó



…y llegó el futuro prometido como una película de ciencia-ficción. Y no fue lo que esperábamos: Que los jueces, fiscales y abogados fueran robots debía convertir la justicia en una máquina eficaz, ágil, matemática e infalible. Al menos eso dijeron los políticos, que ya eran robots hacía tiempo. Aquello, en un principio, nos llenó de esperanza y seguridad a toda la población. Todo se hacía, a fin de cuentas, por el bien común, y finalmente habría justicia: igual, imparcial, universal y gratuita para todos.
Mas, como donde manda patrón no manda marinero, y esto ha sido así desde el inicio de los tiempos, la mañana de la batida contra los narcos, la duda que me había acompañado hasta entonces se tornó certeza al tener que ejecutar la orden del juez de entrar en tropel en el zoo para detener al camello. Ahí fue donde acabó mi carrera, como la de tantos otros. Para arreglar el entuerto, los políticos no tardaron en proponer robotizar el cuerpo de policía…

viernes, 15 de marzo de 2013

64/ Los deberes familiares

    Como cada lunes, el hombre del sombrero oscuro llega a casa y me saluda rascándome la cabeza, me despeina, luego me sonríe y me tiende el sombrero. Es la señal pactada con mi madre para que me  encierre en mi habitación después de colgar el sombrero en el perchero de la entrada. A media tarde, tras recogerlo y encasquetárselo en la calva, marchará, sin decir adiós, hasta el lunes siguiente. Entonces, al oír el cerrar metálico de la puerta, yo saldré de mi cuarto justo a tiempo para ver cómo la luz roja de la habitación de mamá se desvanece, igual que el rojo de sus labios frente al espejo del lavabo. Luego, en la cocina, ella me preparará una taza de Colacao bien caliente, como a mí me gusta, por haber acabado todos los deberes. Mientras mamá esconde billetes entre las páginas del libro de recetas, papá regresará, cansado de andar todo el día buscando un trabajo inexistente por las calles de la ciudad, y rascándome la cabeza, me felicitará por ser tan aplicado.

viernes, 25 de mayo de 2012

49/ Oferta



     Realquilo piso por baldosas para vivir de pie. Trescientos primeros, precio especial.